
En medio de la tormenta política desatada por las declaraciones del contraalmirante Hernán Montero, jefe del Servicio de Hidrografía Naval argentino —quien, en términos deliberadamente ambiguos, dejó entrever una inquietante insinuación sobre una supuesta proyección de soberanía argentina en el Estrecho de Magallanes—, el país reaccionó con una inusual y categórica unanimidad.
El rechazo fue inmediato, transversal y sin matices, como si una fibra profunda de la memoria histórica nacional hubiese sido tocada.
En ese clima de tensión creciente, el canciller Francisco Pérez Mackenna rompió el silencio con una declaración de tono firme y sin concesiones:
“Ante la polémica infundada que se ha planteado, quiero afirmar con absoluta claridad que la soberanía de Chile en el Estrecho de Magallanes es indiscutible, y se funda en los tratados de 1881 y de 1984”.
No fue una respuesta protocolar. Fue una señal.
Una línea trazada con precisión diplomática, pero cargada de contenido estratégico.
Porque en el extremo austral del mundo, donde convergen océanos, rutas comerciales y equilibrios geopolíticos, incluso las ambigüedades —cuando provienen de actores estatales— dejan de ser inocuas. Se transforman en gestos. Y los gestos, en escenarios.
El Canciller aseguró a continuación que «Chile ejerce pleno control sobre ambas riberas del Estrecho y asegura la libre navegación a todos los estados conforme con el derecho internacional»
NOTA DE LA REDACCIÓN: La expresión correcta debió ser: «Chile ejerce pleno control sobre ambas bocas del Estrecho»
Poder Geopolítico