Pekín nuevo centro gravitatorio del mundo

Existe un antiguo proverbio chino que dicta que el cazador experto no persigue a la presa, sino que aguarda pacientemente en el punto donde esta, inevitablemente, terminará por llegar. Xi Jinping parece haber aplicado esta lección a la geopolítica global. Tras las recientes y consecutivas visitas de Vladimir Putin y Donald Trump a Pekín, queda claro que el destino final de ambos líderes no fue casualidad: fue arquitectura estratégica

La atracción simultánea que China ejerce sobre Washington y Moscú —potencias que, teóricamente, ocupan los extremos opuestos del espectro global— revela un cambio tectónico en el poder mundial. Pekín ya no se limita a reaccionar ante el sistema internacional; lo está rediseñando con una precisión quirúrgica.

Moscú: El abrazo del acreedor

La visita de Putin a China desnudó una realidad incómoda: lo que se presenta como una alianza es, en esencia, una creciente dependencia. Rusia llegó a Pekín no como un igual, sino como un socio que necesita urgentemente sortear sanciones y colocar sus exportaciones. Esta asimetría es clave; desde el inicio de la guerra en Ucrania, la economía rusa ha girado su eje hacia el este, quedando a merced de las condiciones negociadas por Pekín.

Al igual que la España de los Habsburgo terminó encadenada a sus banqueros genoveses, Rusia corre el riesgo de ver su independencia estratégica reducida a un pasillo definido por los intereses chinos. Incluso potencias como la India observan con inquietud cómo Moscú, en cada contrato energético o acuerdo militar, actúa bajo la sombra constante de Pekín.

Washington: El fin de la hegemonía indiscutible

Si la visita de Putin expuso la fragilidad rusa, el viaje de Trump dejó al descubierto la desorientación estadounidense. El hecho de que la Casa Blanca llegara a Pekín escoltada por sus titanes corporativos, buscando un acercamiento que terminó sin una declaración conjunta, es un síntoma de los nuevos tiempos.

Xi Jinping recibió a su contraparte con la serenidad de quien ya ha cimentado una nueva realidad. Al invocar la «trampa de Tucídides», no lo hizo como una advertencia, sino como un veredicto: el cambio ha ocurrido. China ya no absorbe la presión estadounidense; ahora responde con represalias sistemáticas, como se evidenció con las restricciones a las tierras raras en 2025, golpeando directamente las cadenas de suministro de defensa de EE. UU.

La era del G-2 y la centralidad de Pekín

El triunfo conceptual de Xi no fue comercial, sino sistémico. Al enmarcar la relación con Washington bajo la premisa de una «responsabilidad compartida», Pekín ha forzado, de facto, el reconocimiento de un G-2 mundial. La apuesta china es clara: el orden internacional es hoy inoperante sin su consentimiento, ya sea en Oriente Medio, Ucrania o Taiwán.

China ha alcanzado esta centralidad a través de décadas de paciente construcción: la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el control de recursos críticos y un pensamiento estratégico que supera con creces los cortoplacistas ciclos electorales de Occidente.

Como sugería Henry Kissinger, las grandes potencias no necesitan proclamar su dominio; simplemente comienzan a tomar decisiones que el resto del mundo se ve obligado a acatar. Pekín ya ocupa ese lugar. Que sus principales adversarios y aliados tengan que acudir a su capital para resolver sus problemas más acuciantes es, en sí mismo, la mayor declaración de poder. No se trata de una expansión cultural, sino de una nueva gravedad geopolítica: un mundo donde las preferencias de Pekín son, finalmente, ineludibles.

SANTIAGO DE CHILE 22 DE MAYO DE 2026

About Manuel Duran

Check Also

COREOGRAFÍA DIPLOMÁTICA

El balance de la reciente cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín puede …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *