El 19 de marzo de 2026 no será recordado por la magnitud material del daño, sino por la fractura simbólica que deja al descubierto. Un F-35A —la cúspide de la ingeniería militar occidental— no fue derribado, pero sí fue visto, seguido y alcanzado. Y eso, en términos estratégicos, es suficiente.

Durante décadas, la superioridad tecnológica de Occidente no fue solo una ventaja: fue una creencia estructural. Desde la revolución industrial hasta la guerra en red del siglo XXI, Estados Unidos y sus aliados construyeron un orden basado en un principio simple: ver primero, golpear primero, sobrevivir siempre. El F-35 era la encarnación final de esa doctrina. Un avión diseñado no solo para combatir, sino para dominar el campo perceptivo del enemigo.
Pero toda hegemonía tecnológica tiene un punto ciego: su propia confianza.
La emboscada perfecta: cuando la invisibilidad deja de ser absoluta
Lo que sugiere el incidente —más allá de la propaganda inevitable— es inquietante. No hablamos de un radar convencional, sino de una posible detección pasiva mediante sensores electroópticos e infrarrojos. Es decir: no emitir, no delatarse, solo observar el calor, el movimiento, la firma residual.
Esto rompe el corazón mismo del concepto “stealth”.
El sigilo no es invisibilidad total; es reducción de detectabilidad frente a ciertos espectros, especialmente el radar. Pero si el adversario cambia el juego —si deja de buscar ecos y comienza a rastrear huellas térmicas, patrones atmosféricos o incluso inteligencia multisensorial distribuida— entonces el F-35 deja de ser un fantasma y vuelve a ser, simplemente, un avión.
Y los aviones pueden ser alcanzados.
El colapso de una narrativa, no de una máquina
Las palabras de Mohammad Bagher Ghalibaf no son técnicas: son ideológicas. Habla de “colapso de un orden”, y aunque exageradas en lo inmediato, apuntan a algo más profundo: la erosión de la narrativa de invulnerabilidad occidental.
Porque el poder militar moderno no se sostiene solo en capacidades, sino en percepciones.
- La OTAN no solo disuade por sus armas, sino por la creencia en su superioridad.
- El dólar no solo domina por su uso, sino por la confianza en el sistema que lo respalda.
- El F-35 no solo combate: representa una promesa de superioridad absoluta.
Cuando esa promesa se resquebraja —aunque sea por un incidente aislado— el efecto se propaga como una grieta en el hielo.
Dos siglos de ventaja: ¿fin de ciclo?
Durante más de 200 años, Occidente sostuvo una brecha tecnológica prácticamente insalvable:
- El Reino Unido industrializó la guerra.
- Estados Unidos la digitalizó y la globalizó.
- La OTAN la convirtió en sistema.
Ni el Japón imperial, ni la Unión Soviética, ni siquiera la China emergente lograron romper completamente esa asimetría. Podían competir, sí. Podían disuadir. Pero no podían invalidar el núcleo del sistema.
Hoy, ese núcleo está siendo cuestionado.
No por un salto tecnológico espectacular, sino por algo más peligroso: la convergencia de tecnologías accesibles, distribuidas y adaptativas. Sensores pasivos, inteligencia artificial, redes descentralizadas, guerra electrónica… herramientas que no requieren la perfección, solo la oportunidad.
La nueva lógica: ya no se trata de ser invulnerable
El incidente del F-35 en la llamada Operación Epic Fury nos deja una lección incómoda:
En la guerra del siglo XXI, no gana el más invisible, sino el que mejor se adapta a ser visto.
La invulnerabilidad absoluta ha muerto. Lo que emerge es un campo de batalla donde incluso las plataformas más avanzadas pueden ser temporalmente neutralizadas, sorprendidas o degradadas.
Y eso cambia todo:
- Cambia la planificación estratégica.
- Cambia el costo político de la intervención.
- Cambia la psicología del poder.
Epílogo: el principio del fin… o el fin de una ilusión

No, el F-35 no ha sido derrotado.
No, Estados Unidos no ha perdido la superioridad global.
Pero algo más sutil —y quizá más importante— ha ocurrido:
la idea de invencibilidad ha sido herida.
Y en la historia de los grandes conflictos, las guerras no comienzan cuando cae el primer avión, sino cuando cae la certeza de que ese avión no podía caer.
Ese es el verdadero punto de inflexión.
No el impacto del misil.
Sino el impacto en la mente del mundo.
SANTIAGO DE CHILE 20-3-2026

Poder Geopolítico