Negar la energía nuclear es negar la soberanía tecnológica
Hay paralelos que incomodan, pero que deben decirse con claridad: negar a un pueblo el acceso a la energía nuclear con fines pacíficos es tan arbitrario como negarle el derecho a tender cables submarinos o a ejercer su libertad de navegación digital.
La energía nuclear —bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)— no es un privilegio geopolítico. Es un derecho reconocido en el marco del régimen internacional de no proliferación. Lo que se prohíbe es el armamento; lo que se protege es el uso pacífico.
El nuevo equivalente estratégico: los cables submarinos

Hoy, más del 95% del tráfico global de datos circula por cables submarinos. Son las arterias invisibles de la economía digital. Sin ellos no hay comercio electrónico, banca internacional, telemedicina ni soberanía informativa.
¿Aceptaríamos que un grupo reducido de potencias decidiera qué países pueden conectarse y cuáles no?
¿Aceptaríamos que se negara a un Estado el derecho a instalar infraestructura digital por “razones preventivas”?
Eso sería una forma de colonialismo tecnológico.
Lo mismo ocurre cuando se pretende convertir la energía nuclear en un club cerrado. La transición energética exige electricidad limpia, estable y abundante. Países como Francia han demostrado que puede ser la columna vertebral de una matriz baja en carbono. Otros Estados buscan reactores modulares pequeños para diversificar su matriz sin depender de combustibles fósiles importados.
Libertad de navegación… también energética
En el siglo XIX se defendió la libertad de los mares.
En el siglo XXI defendemos la libertad de la conectividad digital.
En el mismo sentido, debemos defender la libertad energética responsable.
La energía nuclear, regulada y fiscalizada, es parte de esa libertad. Negarla selectivamente crea un doble estándar: quienes ya alcanzaron desarrollo tecnológico cierran la puerta detrás de sí.
Seguridad sí, exclusión no
La no proliferación es esencial. El control internacional es indispensable. Pero control no es prohibición indiscriminada. La cooperación técnica, la transparencia y la supervisión multilateral son el camino.
Si la energía es poder, y la conectividad es poder, entonces el acceso a ambas dimensiones forma parte de la autodeterminación de los pueblos.
Negar la energía nuclear es como cortar los cables submarinos de una nación:
no solo se restringe una tecnología, se limita su futuro.
La soberanía del siglo XXI no se ejerce solo en el territorio físico.
Se ejerce en la matriz energética y en la red digital.
Poder Geopolítico