La pregunta que hasta hace pocos años parecía excéntrica —¿puede Estados Unidos intentar controlar Groenlandia?— hoy circula con naturalidad en cancillerías, cuarteles generales de la OTAN y salas de redacción.

El reciente movimiento de Washington para reordenar su influencia en Venezuela ha operado como un catalizador: no por su relación directa con el Ártico, sino porque reintrodujo una variable que muchos aliados creían amortiguada desde el final de la Guerra Fría: la disposición estadounidense a usar poder duro para asegurar espacios estratégicos considerados vitales.
Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, emerge así como un nodo crítico de la reconfiguración global. No es un caso aislado, sino un síntoma.
Por qué Groenlandia volvió al centro del tablero
Tres factores explican su centralidad.
Geografía estratégica. La isla controla el acceso al Ártico norteamericano y europeo, es plataforma de alerta temprana balística y se proyecta sobre las nuevas rutas marítimas que el deshielo vuelve viables.
Recursos críticos. Bajo el hielo se concentran tierras raras, minerales estratégicos y potencial energético, todos insumos centrales para la transición tecnológica y militar.
Infraestructura existente. Estados Unidos ya opera en Groenlandia a través de la base de Pituffik, bajo acuerdos con Dinamarca. No se trata de entrar, sino de ampliar.
La combinación de estos factores convierte a Groenlandia en algo más que un territorio remoto: es una pieza estructural del poder del siglo XXI.

El efecto arrastre del precedente venezolano
La operación estadounidense en Venezuela no cambia la legalidad de Groenlandia ni su estatus político. Cambia algo más sutil y profundo: la percepción de riesgo.
En Europa, y particularmente en Copenhague, se instaló la inquietud de que escenarios antes descartados —por improbables o políticamente impensables— ahora merecen ser analizados. No porque sean inminentes, sino porque dejaron de ser inconcebibles.
Ese desplazamiento psicológico explica por qué medios europeos y latinoamericanos comenzaron a hablar abiertamente de “escenarios” para Groenlandia.
Escenario 1: Acuerdo negociado y ampliación del statu quo (el más probable)

La vía preferida por Washington y también por la mayoría de los aliados.
Implica una ampliación sustantiva de los acuerdos existentes: mayor presencia militar estadounidense, nuevas capacidades de vigilancia y defensa, cooperación económica y participación en proyectos de infraestructura y explotación de recursos, todo sin modificar formalmente la soberanía danesa.
Para Dinamarca, este escenario preserva el marco legal y evita una fractura en la OTAN. Para Groenlandia, ofrece inversión y empleo. Para Estados Unidos, asegura el control funcional del territorio sin pagar el costo político de una anexión.
Es, en los hechos, una hegemonía discreta.
Escenario 2: Tensión prolongada dentro de la OTAN

Aquí no hay ruptura, pero sí fricción constante.
Estados Unidos incrementa la presión política y mediática; Dinamarca y otros socios europeos resisten para marcar límites; Groenlandia queda en una zona gris, beneficiándose de la atención estratégica pero atrapada entre intereses contrapuestos.
Este escenario erosiona la cohesión aliada y obliga a la OTAN a gestionar un conflicto interno mientras enfrenta a Rusia y China. No hay vencedores claros, pero sí desgaste acumulado.
Escenario 3: Independencia acelerada de Groenlandia
Paradójicamente, la presión externa puede fortalecer el independentismo groenlandés.
Bajo este escenario, Nuuk impulsa un proceso de autodeterminación con apoyo interno suficiente para negociar la salida del Reino de Dinamarca. Una Groenlandia independiente podría luego firmar un acuerdo de asociación especial con Estados Unidos, similar a los Compacts of Free Association del Pacífico.
El resultado sería un Estado formalmente soberano, pero estratégicamente alineado con Washington. Para Dinamarca, sería una pérdida histórica; para EE. UU., una victoria estratégica de largo plazo lograda sin coerción directa.
Escenario 4: Crisis mayor y confrontación simbólica (baja probabilidad, alto impacto)

El escenario que todos analizan y nadie desea.
Incluye gestos unilaterales de fuerza, ultimátums diplomáticos o demostraciones militares que cuestionen el statu quo sin llegar a una invasión abierta. Su costo sería enorme: una crisis profunda dentro de la OTAN y una señal global de ruptura del orden occidental.
Por eso se considera improbable. Pero en un mundo donde lo improbable ya ocurrió varias veces, no se descarta del todo.
Los actores externos: Rusia y China
Moscú observa con atención. El Ártico es parte de su proyección estratégica y cualquier expansión estadounidense se interpreta como un movimiento hostil.
China, por su parte, actúa con mayor sutileza: inversiones, investigación científica, narrativa de cooperación. Su objetivo no es controlar Groenlandia, sino impedir que quede exclusivamente bajo la órbita estadounidense.
Ambos factores aumentan el valor estratégico del territorio y endurecen los cálculos occidentales.
Más que Groenlandia: una señal del nuevo orden

El debate sobre Groenlandia no trata solo de una isla. Trata del regreso de una lógica de poder explícita, donde las zonas periféricas se convierten en piezas centrales y donde la soberanía formal convive con dependencias estratégicas profundas.
Tras Venezuela, la pregunta que recorre Europa no es si Estados Unidos puede permitirse presionar en Groenlandia, sino si puede permitirse no hacerlo.
SANTIAGO DE CHILE, ENERO DEL 26

Poder Geopolítico