El Derecho de los Pueblos a la Energía Nuclear

En un mundo atravesado por crisis energéticas, tensiones geopolíticas y emergencia climática, negar a los pueblos el acceso a la energía nuclear es imponerles una dependencia estructural. La energía no es un lujo técnico: es soberanía, desarrollo y dignidad nacional.

La comunidad internacional lo ha reconocido. A través del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y del Tratado de No Proliferación Nuclear, el uso pacífico de la energía nuclear no es una concesión graciosa de las potencias: es un derecho. Lo que se prohíbe es la bomba; lo que se protege es el desarrollo.

Energía limpia, estable y estratégica

En plena transición energética, la energía nuclear no es una reliquia del siglo XX: es una herramienta del siglo XXI.

  • Descarboniza sin emisiones directas de CO₂.
  • Estabiliza el sistema eléctrico con generación continua.
  • Fortalece la autonomía estratégica reduciendo la dependencia de hidrocarburos importados.

Países como Francia lo entendieron hace décadas y construyeron una matriz sólida, baja en carbono y competitiva. Hoy, nuevas economías exploran reactores modulares pequeños (SMR) que permiten escalabilidad, seguridad reforzada y adaptación a distintas realidades nacionales.

El doble estándar que incomoda

Aquí surge la pregunta incómoda:
¿Con qué legitimidad quienes desarrollaron su poder industrial sobre la tecnología nuclear pretenden ahora limitar el acceso de otros?

La no proliferación es esencial. Pero convertirla en barrera tecnológica permanente desnaturaliza su propósito. Supervisión sí. Fiscalización sí. Cooperación técnica sí. Exclusión selectiva, no.

El derecho internacional no puede transformarse en un mecanismo de sospecha perpetua.

Más que electricidad: conocimiento

La energía nuclear no es solo generación eléctrica. Es ciencia avanzada, medicina de precisión, formación de ingenieros, innovación industrial.

Sin electricidad confiable no hay hospitales modernos.
Sin estabilidad energética no hay industria competitiva.
Sin infraestructura tecnológica no hay verdadera digitalización.

Negar esta opción a países en desarrollo equivale a perpetuar la brecha tecnológica global.

Responsabilidad extrema, pero libertad soberana

Sí, la energía nuclear exige estándares rigurosos, transparencia absoluta y cumplimiento estricto de normas internacionales. Esa responsabilidad es innegociable.

Pero responsabilidad no es renuncia.
Seguridad no es prohibición.
Regulación no es subordinación.

El derecho de los pueblos a decidir su matriz energética forma parte de su autodeterminación. En plena crisis climática, excluir la energía nuclear por prejuicio ideológico es un lujo que el planeta no puede permitirse.

No se trata de imponerla.
Se trata de no prohibirla.
No se trata de militarizarla.
Se trata de desarrollarla pacíficamente.

Porque la energía es poder.
Y el poder, cuando está al servicio de los pueblos, se convierte en progreso.

SANTIAGO DE CHILE ,28 DE FEBRERO DE 2026

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