Existe un tipo particular de catástrofe estratégica que suele anunciarse bajo el manto de una necesidad imperiosa. Rara vez los estadistas declaran que están a punto de internarse en un atolladero sin salida; en su lugar, invocan amenazas existenciales, oportunidades que se desvanecen y adversarios demasiado peligrosos como para permitirles sobrevivir.
Es un lenguaje conocido. Y lo estamos escuchando de nuevo.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una serie de ataques contra Irán con un objetivo declarado que, según la audiencia, muta: desmantelar su programa nuclear, neutralizar su capacidad misilística o, en su formulación más ambiciosa, precipitar un cambio de régimen en Teherán.
Lo hicieron, sin embargo, en un momento particularmente revelador. Apenas antes del inicio de las hostilidades, el ministro de Asuntos Exteriores de Omán había anunciado avances sustantivos en las negociaciones indirectas entre Washington y Teherán: Irán aceptaba no acumular uranio enriquecido y someterse a un régimen de verificación completo del OIEA.
La paz, se nos dijo, estaba “al alcance de la mano”. Se evaporó antes de adquirir forma.
Para cualquier estudioso de Oriente Medio, los paralelismos con la Crisis de Suez de 1956 no son meramente sugerentes; en su lógica estructural, resultan incómodamente precisos.
Recordemos su anatomía. Reino Unido y Francia, erosionados por el ascenso del nacionalismo árabe encarnado en Gamal Abdel Nasser y la pérdida de control sobre el canal, articularon un acuerdo secreto con Israel. El plan era de una simplicidad cínica: Israel atacaría a Egipto atravesando el Sinaí; Londres y París intervendrían entonces como supuestos garantes de la paz, exigiendo la retirada de ambas partes de la zona del canal —una exigencia diseñada para ser rechazada por El Cairo—, creando así el pretexto para ocupar la vía estratégica.
Las justificaciones ofrecidas al público mutaban con rapidez: libertad de navegación, contención soviética, estabilidad regional. En esencia, sin embargo, se trataba de algo más prosaico: la reafirmación de una autoridad imperial en declive.
El eco con el presente es difícil de ignorar.
En el caso de Irán, la narrativa oficial ha sido igualmente mutable. Funcionarios de la administración de Donald Trump han ofrecido explicaciones que se superponen sin llegar a consolidarse: prevenir represalias inminentes, neutralizar una amenaza estratégica, destruir capacidades militares, impedir el acceso al arma nuclear, proteger recursos críticos o, finalmente, forzar un cambio de régimen.
Seis argumentos. Ninguno definitivo. Todos funcionales.
Este no es el lenguaje de una estrategia coherente; es el lenguaje de una política en busca de justificación.
En 1956, la aventura de Suez colapsó en cuestión de días bajo la presión combinada de Estados Unidos y la Unión Soviética. La humillación británica no fue solo militar o diplomática: fue estructural. Aceleró la disolución del Imperio Británico y desencadenó una crisis financiera que forzó la retirada estratégica de Londres del centro del sistema internacional.
La pregunta hoy no es si la analogía es imperfecta —todas lo son—. La pregunta es más inquietante: si Washington conserva aún la lucidez institucional necesaria para reconocer que ha entrado en una dinámica que no controla, o si, como en 1956, necesitará una crisis mayor —militar, financiera o ambas— para comprender que la trampa no estaba en Teherán, sino en la lógica de su propia decisión… e iniciar, a regañadientes, el tortuoso camino de su propia decadencia imperial.
MANUEL DURÁN MORGADO
SANTIAGO DE CHILE, 28 DE MARZO DE 2026

Poder Geopolítico