La tensión en torno a Irán entra en una fase de aceleración visible. Mientras el Pentágono refuerza su presencia en Oriente Medio con un despliegue aéreo y naval de gran escala, Teherán responde bajo tierra: hormigón, roca y profundidad.

Más de 50 cazas F-16, F-22 y F-35, junto a más de 100 aviones cisterna y de transporte, han sido trasladados desde bases en Estados Unidos y Europa hacia la región. Un segundo grupo de ataque encabezado por el portaaviones USS Gerald R. Ford cruza el Atlántico a máxima velocidad. En paralelo, las unidades estadounidenses desplegadas en Siria están replegándose hacia Irak, en un movimiento que sugiere reconfiguración táctica más que retirada.
La señal es clara: Washington aumenta presión y capacidad operativa.
Teherán, por su parte, blinda sus activos estratégicos. Imágenes satelitales recientes muestran la construcción de una galería de acceso de hormigón armado en la base militar de Parchin, posteriormente cubierta con una gruesa capa de tierra. El objetivo es inequívoco: elevar la resistencia frente a munición penetrante y ataques de precisión

No es un caso aislado. Obras similares se han detectado en el Centro de Tecnología Nuclear de Isfahán y en complejos subterráneos próximos a Natanz, especialmente en la zona montañosa conocida en informes occidentales como “Monte Pickax”. Allí, se estima que nuevas instalaciones estarían excavadas hasta 100 metros de profundidad, superando incluso la protección del conocido sitio de Fordow. Colinas artificiales, túneles reforzados y redes de servicios soterradas forman parte de una estrategia de supervivencia estructural.
Según reportes del Wall Street Journal, Irán también estaría activando su llamada “defensa mosaico”: un modelo de mando descentralizado diseñado para garantizar continuidad operativa ante ataques que busquen decapitar el liderazgo militar o político. A ello se suma el refuerzo de defensas aéreas, despliegues en el estrecho de Ormuz y medidas internas para prevenir disturbios.
En Occidente, estas medidas son presentadas como “preparativos iraníes para la guerra”. En Teherán, el argumento es inverso: fortificar no es atacar, sino anticipar.

El tablero, sin embargo, se mueve rápido. Con dos grupos de portaaviones en proyección, superioridad aérea en construcción y objetivos estratégicos enterrándose cada vez más profundo, la dinámica ya no es retórica. Es estructural.
La pregunta no es si ambas partes se preparan. Eso es evidente.
La incógnita es quién moverá primero la pieza irreversible. Hormigón contra portaviones.
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