Dólar en Retirada

Hace una semana algunos medios del Asia -Pacífico advirtieron que el mundo estaba empezando a retirar silenciosamente su dinero de Estados Unidos. No en titulares estridentes ni con declaraciones solemnes, sino del único modo que realmente importa en el sistema financiero internacional: moviendo reservas.

El aumento sostenido del precio del oro no fue un accidente ni una moda especulativa. Fue —y sigue siendo— una señal de alarma. Una señal de que los grandes actores del sistema están preparándose para un escenario que hasta hace poco parecía impensable: una anarquía financiera internacional, un mundo sin ancla monetaria clara, sin refugio indiscutido, sin árbitro creíble.

Durante décadas, el dólar estadounidense cumplió ese rol. No porque fuera perfecto, sino porque no había alternativa viable. Hoy, esa certeza se está resquebrajando.

Aunque el dólar aún se mantiene fuerte frente a otras monedas nacionales, su peso real en el sistema está cayendo cuando se observa el panorama completo. Si se incorpora el oro a la ecuación —y hoy es imposible no hacerlo— la participación del dólar en las reservas globales se está erosionando a un ritmo inquietante.

Bloomberg lo ha dicho sin rodeos: gobiernos e inversores privados están comprando oro de manera acelerada, y el factor Trump es central en esta ecuación. Aranceles erráticos, amenazas geopolíticas impropias de una superpotencia responsable, presiones explícitas sobre la Reserva Federal y déficits fiscales descontrolados han sembrado una duda corrosiva: ¿sigue siendo Estados Unidos un refugio seguro?

La pregunta ya no es teórica. El dinero está respondiendo.

Muchos intentaron minimizar el fenómeno preguntando si el aumento del oro en las reservas se debía a compras reales o simplemente a la subida de su precio. Es una falsa distinción. Ambas cosas son lo mismo. El precio sube porque la demanda sube. Y la demanda sube porque la confianza en el sistema vigente se está debilitando.

Lo verdaderamente preocupante no es solo que el oro suba, sino por qué sube.

El sistema financiero internacional descansa sobre tres pilares dominados históricamente por el dólar: los pagos internacionales, las reservas de valor y las garantías financieras. Durante años se asumió que estos roles eran inseparables. No lo son. Y hoy están empezando a fracturarse.

Cuando hablamos de “anarquía financiera internacional”, no hablamos del fin inmediato del dólar, sino de algo más peligroso: la pérdida de coordinación. Un mundo donde ningún activo cumple plenamente el rol de referencia común.

En este contexto, una lección es brutalmente clara:
los defensores del oro tenían razón; los maximalistas de Bitcoin, no.

En momentos de incertidumbre sistémica real —no euforia tecnológica, no liquidez abundante, no burbujas financieras— los inversores no corren hacia algoritmos, sino hacia metal físico. El oro volvió a comportarse como lo ha hecho durante siglos: refugio último cuando los Estados, las monedas y las promesas fallan.

Bitcoin, en cambio, cayó junto con los activos de riesgo. Lejos de actuar como “oro digital”, se comportó como lo que el mercado ya ha decidido que es: un activo especulativo profundamente ligado al ciclo financiero estadounidense. Cuando EE. UU. tiembla, Bitcoin no protege; amplifica la caída.

Esto revela una verdad incómoda: los activos refugio no son una cuestión técnica, sino un juego de coordinación colectiva. El valor del oro no reside en su utilidad industrial, sino en la creencia compartida de que otros también huirán hacia él cuando el sistema se fracture. Y esa creencia sigue intacta.

Nada de esto implica que el oro subirá eternamente. De hecho, la fuerte liquidación reciente demuestra lo contrario: un sistema basado en el oro es inherentemente más volátil y más inestable que uno basado en una moneda hegemónica creíble.

Aquí está la paradoja central que muchos se niegan a aceptar:
el oro no es una solución elegante, es una señal de fracaso.

Fracaso de la disciplina fiscal.
Fracaso de la previsibilidad política.
Fracaso del liderazgo monetario.

Quienes idealizan un retorno implícito al oro como garante de estabilidad ignoran una realidad histórica elemental: los sistemas financieros sin una autoridad central fuerte no son más estables, son más frágiles, más propensos a crisis abruptas y ajustes violentos.

Si el mundo se encamina hacia una arquitectura financiera más “dorada”, no será porque sea mejor, sino porque las alternativas han sido irresponsablemente debilitadas.

Y ese, quizás, es el dato más inquietante de todos.

Santiago de Chile, 4 de febrero de 2026

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