Purgas en el Pentágono: la señal silenciosa de la guerra terrestre

Los soldados hablan. Y cuando hablan, el ruido no proviene de los comunicados oficiales, sino de las grietas del sistema.

En redes sociales —entre militares en servicio activo y veteranos de los Rangers— se percibe algo más que incomodidad: hay conmoción, indignación y una sospecha compartida.

Las salidas forzadas del general Randy A. George, del general David M. Hodne y del mayor general William “Bill” Green Jr. no parecen una coincidencia administrativa, sino el síntoma de una fractura más profunda.

No se trata de nombres menores. George, hasta hace poco 41.º Jefe de Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos, es un oficial formado en West Point, con experiencia en la Guerra del Golfo, Irak y Afganistán, y con mando en todos los niveles operativos relevantes.

Su perfil no es político: es el de un soldado profesional moldeado para la guerra convencional a gran escala. Precisamente por eso, su eventual salida —en medio de rumores sobre su oposición a una operación terrestre en Irán— adquiere un significado estratégico.

Hodne representa la arquitectura del futuro militar estadounidense: doctrina, entrenamiento, transformación. Green, desde la jefatura de capellanes, encarna la dimensión moral de la institución. Tres perfiles distintos, una misma señal: alineamiento forzado.

Lo que emerge no es solo una reestructuración, sino una depuración. Una limpieza quirúrgica que, según múltiples indicios, estaría coordinada desde el núcleo político de la Casa Blanca bajo la dirección de Susie Wiles y ejecutada por el secretario de Defensa, Pete Hegseth. El objetivo no declarado parece claro: eliminar cualquier disenso interno frente a un escenario que deja de ser hipotético.

Porque mientras las oficinas se reorganizan, los hechos en terreno avanzan. El aumento sostenido de vuelos de transporte estratégico C-17 desde territorio continental estadounidense hacia Israel y Jordania no es retórica: es logística de guerra. La cifra —más de sesenta vuelos en pocas semanas— sugiere la proyección de fuerzas equivalentes a un batallón aerotransportado, con capacidad de inserción rápida. No es disuasión simbólica. Es preposicionamiento operativo.

En ese contexto, la hipótesis de una operación terrestre en Irán deja de pertenecer al terreno de la especulación. Y con ella, la necesidad política de contar con un alto mando alineado, sin fisuras ni objeciones estratégicas.

La historia ofrece paralelos incómodos. Cuando el poder civil comienza a moldear la estructura militar en función de objetivos políticos inmediatos, el riesgo no es solo operativo, sino institucional. El Ejército deja de ser un instrumento de Estado para convertirse en una herramienta de gobierno. La línea que separa la defensa de la Constitución de la lealtad personal se vuelve difusa.

Y mientras tanto, la purga no se detiene en el ámbito castrense. La salida de la fiscal general Pam Bondi y las versiones sobre posibles reemplazos en posiciones clave —como Inteligencia Nacional, el FBI o el propio Departamento del Ejército— apuntan a una reconfiguración más amplia. No es solo guerra exterior lo que está en juego. Es control interno, narrativa y supervivencia política de cara a las elecciones de mitad de mandato.

La conclusión es incómoda, pero difícil de eludir: cuando los generales caen antes de que comience la guerra, es porque la decisión de ir a la guerra ya ha sido tomada. Y esta vez, el silencio en la cúpula no es prudencia. Es alineamiento.

SANTIAGO DE CHILE 3-4-2026

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