
Lo que ocurre en Venezuela no es solo el principio del fin de una dictadura despiadada e indigna. Es también la confirmación de una verdad incómoda que Washington prefería no decir en voz alta: Estados Unidos ya no puede sostener un orden unipolar global y ha decidido replegarse donde todavía puede mandar sin discusión —el Hemisferio Occidental.
Ni Trump, ni Marco Rubio han priorizado el restablecimiento democrático o la liberación de los presos políticos, no han hablado de ello.La captura —o neutralización— del régimen venezolano no debe leerse como un acto altruista de justicia internacional. Es, ante todo, una operación estratégica de repliegue imperial. Cuando el mundo se vuelve ingobernable, el imperio no se expande: se atrinchera.
Durante más de medio siglo, Estados Unidos se presentó como garante del comercio internacional, de la libertad de navegación y de un orden abierto que beneficiaba —al menos en el relato— a todos. Hoy ese discurso se agrieta.
Frente a una China industrialmente imparable, una Rusia militarizada y un Sur Global cada vez menos obediente, Washington acepta lo evidente: el mundo es multipolar, pero América no lo será.

Ahí reaparece, con una fuerza que creíamos enterrada, la Doctrina Monroe. No como vestigio histórico, sino como doctrina viva, brutalmente actualizada: América para los americanos… del norte. Venezuela no es el problema; es el ejemplo. El mensaje es claro y deliberadamente intimidante: no habrá enclaves chinos, rusos o iraníes tolerados en el continente
La dictadura venezolana, corrupta, represiva y sostenida artificialmente por alianzas extrahemisféricas, se convirtió en el objetivo perfecto. No porque fuera la peor —hay otras—, sino porque violó la regla no escrita del nuevo orden: puedes ser autoritario, pero no puedes desafiar el perímetro estratégico estadounidense.
Estados Unidos no actúa porque crea haber recuperado su fuerza global, sino precisamente porque sabe que la perdió. El repliegue al continente americano —con aspiraciones abiertas sobre Groenlandia, el Ártico y las rutas del Atlántico Norte— es el movimiento clásico de una potencia que abandona la ilusión planetaria y refuerza su fortaleza regional.
El problema es que este giro tiene costos profundos. La hegemonía regional estadounidense se construye hoy a costa de la autonomía estratégica de América Latina, reduciendo el margen de maniobra diplomática, económica y comercial de los países del sur. El mensaje implícito es inquietante: diversificar alianzas puede ser leído como traición.

Más grave aún: el retorno de la Doctrina Monroe introduce una sombra sobre aquello que Washington dice defender. La libertad de comercio y de navegación deja de ser un principio universal y pasa a ser condicional, administrado desde el poder. Libre mientras no contradiga la estrategia del hegemón.
Venezuela, devastada por su propio régimen, pagará un precio alto en esta transición. Pero el continente entero debería tomar nota. El nuevo orden no será más justo ni más libre por defecto. Será más explícito, más territorial, más crudo. Las zonas de influencia han vuelto, y con ellas, la lógica de obediencia o castigo.
La caída del dictador venezolano cerrará una etapa oscura. Pero abrirá otra, igual de incómoda: la de un hemisferio bajo vigilancia, donde el pluralismo estratégico se tolera cada vez menos y donde Estados Unidos ya no promete liderar el mundo, sino controlar su vecindario.
No es el triunfo de la democracia.
Es el reconocimiento del límite.
Y cuando los imperios aceptan los límites de su expansión y decadencia, rara vez lo hacen con suavidad.
MANUEL DURÁN MORGADO
SANTIAGO DE CHILE, ENERO DEL 26

Poder Geopolítico