
La Armada de Chile se encuentra en una encrucijada estratégica que definirá su poder de disuasión y control oceánico para las próximas décadas.
La institución enfrenta dos necesidades críticas y de alto costo que compiten por recursos financieros y humanos limitados: la transición hacia una futura fragata de construcción nacional y la urgente renovación de su fuerza de submarinos clase 209 (U-209).
El puente japonés: Destructores para la futura fragata nacional

El plan a largo plazo de la Armada de Chile apunta a la construcción de unidades de superficie en astilleros locales (ASMAR), un proyecto ambicioso destinado a revitalizar la base industrial militar del país para la próxima década. Sin embargo, el diseño y la construcción de complejas fragatas escolta toman tiempo, un lujo que la obsolescencia en bloque de la actual Escuadra Nacional no puede permitirse.
En este escenario, la adquisición de destructores de segunda mano provenientes de la Fuerza Marítima de Autodefensa de Japón (como las clases Murasame o Takanami) surge como una opción atractiva.
- Capacidades avanzadas: Estas unidades ofrecen excelentes sistemas de radar, guerra antisubmarina (ASW) y defensa antiaérea que elevarían de inmediato las capacidades de la Escuadra.
- El «buque puente»: Actuarían como un relevo intermedio para mantener la presencia en el mar mientras ASMAR madura sus procesos técnicos y logísticos.
- El desafío: Los buques japoneses conllevan altos costos de operación, sistemas de armas y propulsión ajenos a la tradición logística chilena (acostumbrada a estándares británicos, holandeses y estadounidenses), y requieren tripulaciones numerosas, lo que tensionaría el capital humano de la institución.
La urgencia bajo el mar: El reemplazo de los U-209
En el otro lado de la balanza se encuentra la Fuerza de Submarinos. Mientras que los dos modernos submarinos clase Scorpène (Carrera y O’Higgins) siguen siendo vectores formidables, los dos veteranos de la clase U-209 (Thomson y Simpson), incorporados en la década de 1980, están llegando al límite de su vida útil operativa.

- Pilar de la disuasión: El submarino es el arma disuasoria por excelencia de una marina mediana. Perder el 50% de la fuerza silente erosionaría gravemente la capacidad de Chile para negar el uso del mar a un eventual adversario.
- Pérdida de destreza: Si los U-209 se retiran sin un reemplazo directo, la Armada corre el riesgo de perder tripulaciones experimentadas y doctrinas de combate submarino que toma décadas construir.
- El desafío: Adquirir submarinos nuevos (como el Scorpène Evolved o el U-212/214) requiere una inversión inicial masiva y concentrada que competiría directamente con el financiamiento del plan de construcción naval de superficie.
Una decisión estratégica compleja
El desafío para la conducción estratégica de la defensa nacional no es elegir un proyecto sobre el otro, sino gestionar el riesgo del vacío temporal.
Priorizar los destructores japoneses como puente asegura que la Escuadra Nacional mantenga sus números y capacidades de proyección en superficie, protegiendo el camino hacia la fragata chilena de la próxima década. No obstante, si esto se hace a expensas de postergar la renovación submarina, Chile podría quedar ciego y vulnerable bajo la superficie. Por el contrario, volcar los esfuerzos en un nuevo programa de submarinos blindaría la disuasión, pero podría asfixiar económicamente los planes de ASMAR, dejando a la Escuadra con buques envejecidos.
La solución requerirá un encaje político-financiero de largo plazo, probablemente combinando una compra de oportunidad inteligente en el extranjero para la superficie con un crédito plurianual para mantener la vitalidad de la fuerza silente. De esta decisión dependerá que Chile siga proyectándose como una potencia marítima creíble en el Pacífico Sur.
Pero si Chile Si tuviéramos que elegir una opción de manera estrictamente binaria, la priorización debería inclinarse hacia la renovación de la fuerza de submarinos.
A continuación el porqué de esta decisión estratégica basada en la propia dinámica del poder naval:
- Asimetría y disuasión real: Para una marina mediana como la chilena, el submarino es el multiplicador de fuerza y el arma de negación de área por excelencia. Un submarino moderno obliga a cualquier adversario potencial a invertir recursos desproporcionados en contramedidas y defensa antisubmarina. Renunciar a esto o dejar morir la capacidad por un bache temporal debilita el núcleo de la disuasión disuasoria del país.
- El costo del capital humano y doctrinal: Mientras que un buque de superficie (como una fragata o un destructor) puede adquirirse en el mercado internacional de segunda mano con relativa facilidad para reemplazar unidades antiguas, las capacidades submarinas no se compran solo con dinero; dependen de tripulaciones altamente especializadas y de décadas de doctrina acumulada. Si los veteranos U-209 se dan de baja sin un relevo directo y se interrumpe la continuidad operativa, la Armada perderá un capital humano irremplazable que toma generaciones formar.
- La vulnerabilidad de «quedar ciegos»: Aunque la superficie es sumamente visible y necesaria para la presencia diaria y el control de la Zona Económica Exclusiva, un vacío en la fuerza submarina deja a la nación completamente desprovista de capacidades de recopilación de inteligencia encubierta y de proyección estratégica invisible.
En conclusión: Aunque postergar los destructores japoneses obligaría a la Escuadra Nacional a estirar la vida útil de sus plataformas actuales y ralentizaría el ansiado salto tecnológico de ASMAR, perder la dimensión submarina significa apagar el elemento más crítico de la disuasión estratégica del Estado, un vacío que, una vez abierto, es exponencialmente más difícil y costoso de revertir.
La soberanía del silencio: El refugio estratégico definitivo

En un contexto de guerra generalizada o crisis sistémica global, depender de buques complejos de origen extranjero (como los destructores japoneses) o de cadenas de suministro lejanas se vuelve un talón de Aquiles letal. Si estalla un conflicto y los proveedores globales se ven atados por sus propias crisis o embargos, un buque de superficie moderno que sufra daños o requiera mantenimiento mayor electrónico/de armas se convertirá rápidamente en una plataforma inútil por falta de repuestos.
Bajo la premisa de que Chile podría quedar solo y sin proveedores externos operativos, el submarino es el único vector que maximiza la independencia táctica:
- Autonomía de operaciones: El valor de un submarino reside precisamente en su capacidad de operar en solitario, de manera encubierta y sin requerir una red logística masiva de escolta en superficie a la vista del enemigo.
- El factor disuasorio asimétrico frente al vecindario: Si Argentina recibiera ventajas logísticas o diplomáticas de potencias extracontinentales (como el Reino Unido), la capacidad de negación de área de la Armada de Chile se jugaría bajo el agua. Un submarino sigiloso es el único elemento capaz de neutralizar desequilibrios en la superficie sin exponerse al poder aeronaval o de superficie superior de un adversario (sobre todo si se trata de un adversario extra-sudamericano).
- Soberanía y resiliencia: Mantener y asegurar el ciclo de vida de la fuerza submarina (incluso si implica exprimir al máximo las capacidades de ingeniería locales o buscar alternativas de sostenimiento logístico furtivo) garantiza que Chile mantenga dientes afilados incluso cuando el mundo exterior se apague.
Ante el riesgo real de un aislamiento logístico global y de una asimetría geopolítica regional desfavorable, apostar por más buques de superficie complejos que dependan de cadenas de suministro extranjeras es una receta para la vulnerabilidad. La prioridad absoluta debe ser la fuerza submarina: el refugio estratégico definitivo de una nación que, en el peor escenario, debe valerse por sí misma para asegurar el control del mar.
SANTIAGO DE CHILE, OCTUBRE 2026

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