Venezuela: El Eslabón del Cambio Geopolítico

LUCY DEPABLOS

Presidenta Fundación LIP

Hoy nos enfrentamos a una opinión pública más polarizada que nunca. Por un lado, están quienes defienden el derecho internacional y condenan toda forma de intervención, especialmente la de Estados Unidos, pues consideran que sienta un mal precedente para la región y el mundo. Por el otro, están quienes respaldan las acciones de Washington al señalar que no se trata de intervenir en un gobierno legítimo, sino de enfrentar a una banda de criminales y narcotraficantes que han puesto en jaque la estabilidad regional, incluso global.

Más allá de estas posturas unas con mayor legitimidad retórica que otras, según los hechos que las sustentan lo realmente crucial es la desintegración del sistema internacional multilateral heredado de la Segunda Guerra Mundial. Ese sistema, anclado en estructuras obsoletas, no ha logrado adaptarse a los tiempos de transformación que, desde hace años, vienen empujando su implosión. Las instituciones que lo representan se acomodaron en la burocracia, desarrollando una agenda pasiva y desfasada, más interesada en la comodidad de sus oficinas que en responder activamente a los cambios de su entorno. Su intento por imponer una hegemonía cultural terminó por discriminar la diversidad que, alguna vez, dijeron valorar.

Mientras tanto, el mundo siguió girando. En agosto de 2025, mientras los burócratas debatían cómo sostener sus estructuras fallidas, en Alaska se desarrollaba una cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin, donde se trazaba la hoja de ruta de un nuevo orden mundial. Un ciclo donde resurgen los imperios y las esferas de influencia, no mediante guerras totales, sino a través del dominio económico y político regional. Para el hemisferio occidental, este escenario reactiva la doctrina Monroe 2.0, y Venezuela se convirtió en el primer gran hito de esta reconfiguración.

Estados Unidos, desgastado por la pérdida de su hegemonía global, comprendió que debía expulsar a sus adversarios del vecindario. China había avanzado significativamente en América Latina, y el dólar, su principal arma de control, ya no ejercía el mismo poder: las sanciones perdían efectividad y los países del Sur Global exploraban alternativas económicas fuera del sistema tradicional. Así emergió el Pacto de Alaska, que hoy comienza a dar frutos visibles gracias, en parte, a la inacción de los organismos internacionales que, durante décadas, prefirieron mirar hacia otro lado frente a la tragedia venezolana.

Apelar hoy a esa institucionalidad es contradictorio. Por más de veinte años fue cómplice pasiva del régimen, incapaz de actuar con firmeza. El multilateralismo no solo está en crisis por su desconexión con la realidad: también está herido por la arrogancia de quienes lo dirigen, convencidos de que el mundo se reducía a sus burbujas diplomáticas.

La maniobra de Estados Unidos sobre Venezuela, entendida como una acción frente a una estructura criminal más que como una operación política, fue quirúrgica y efectiva. Llamó la atención internacional y puso sobre la mesa lo que muchos sabían, pero pocos se atrevían a decir: que el régimen venezolano no era un actor político legítimo, sino una amenaza transnacional.

Y en medio de este tablero, hay un tercer actor: la oposición venezolana. Una dirigencia que, en muchos casos, nunca comprendió que Venezuela era el epicentro de un conflicto geopolítico. Algunos aprovecharon la tragedia para enriquecerse y exiliarse; otros se quedaron “luchando”, sin saber bien contra qué o quiénes. Apelaban a la ayuda internacional sin entender que los países no actúan por compasión, sino por intereses estratégicos. Se reunieron con Dios y con el Diablo, esperando que una retórica emocional bastara para torcer la historia.

Venezuela no es una anomalía. Es una pieza clave en el ajedrez hemisférico. Lo supo Bolívar en su tiempo, y lo saben hoy las potencias que compiten por influencia. Ahora, si la administración estadounidense logra ejecutar una transición política real, Venezuela pasará de ser un símbolo del fracaso regional a convertirse en el punto de inflexión de un nuevo ciclo de poder.

SANTIAGO DE CHILE,ENERO DEL 26

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