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¿China o Estados Unidos? He ahí el dilema para Australia

Grupo Editorial

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El 17 de noviembre del año 2018 se dio un hecho inédito después de 25 años de historia de la Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés).  Al concluir sin acuerdo para una declaración final conjunta, debido a que el mandatario estadounidense, Donald Trump, decidió ajustar los aranceles que se le cobran a China. Influyendo esta decisión directamente en Australia, país que a pesar de ser un aliado en materia de seguridad de Norteamérica, tiene una gran cantidad de convenios económicos y comerciales con Pekín.

Ashley Flores Montesinos

Para el gigante oceánico, China es una piedra en el zapato políticamente hablando; sin embargo, económicamente representa bonanza y capitalismo. Para Australia no es un secreto que la potencia asiática se ha abierto al libre mercado, lo que produjo una asociación bilateral, pero sus prácticas de una política ortodoxa hacen que se vuelva una amenaza para el crecimiento australiano y sus relaciones con Estados Unidos. En otras palabras, los políticos de Australia tienen un gran dilema que resolver al ver a China como una nación económicamente indispensable, pero políticamente anacrónica y autoritaria.

En el año 2015  Pekín y Canberra concretaron un acuerdo de libre comercio que entró en vigor en el 2016. Ambos países se vieron beneficiados por esto, por una parte China continuaba su crecimiento económico por el mundo y por el otro, Australia, uno de los países económicamente más estables, según datos del último Índice Mundial de Prosperidad Global del Instituto Legatum, se benefició, ya que sus empresas aumentaron sus ventas considerablemente a partir de este tratado.

Showtime…

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Durante su campaña presidencial, Donald Trump inició una de las guerras comerciales más grandes en la historia capitalista. El para entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos acusó a la economía china de mantener un comercio desleal e injusto con el territorio norteamericano, por lo que prometió imponer “American First” en todos sus acuerdos comerciales.

En efecto, Trump cumplió con su promesa electoral y en junio de 2018 aprobó nuevos aranceles para China: primero a lavadoras con un 20% y paneles solares 15%; dos meses más tarde incrementó  un 25% al acero y 10% al aluminio.  De acuerdo con un reportaje de Reuters, entre abrildel año pasado y febrero de 2019, por medio de cuatro rondas de alzas arancelarias entre ambos países, se gravó un acumulado de 113 mil millones de dólares a 6.213 productos chinos y 250 mil millones de dólares a 6.843 productos estadounidenses.

La respuesta de China fue inmediata, pero se abstuvo en una primera instancia en anunciar que sus aranceles entraban en vigor. Fue la agencia oficial Xinhua quien confirmó que las tarifas se activaron un minuto después de que Trump lo hiciera por el mismo porcentaje: 25% para 659 tipos de productos estadounidenses por un valor de 50 millones de dólares, pero empezarían por 545 productos: la soja, el cerdo, el acero, el wiski o los automóviles, entre otros.

 La amenaza de EE. UU: Huawei y ZTE

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Desde el año 2012 Norteamérica ve con cierto recelo las marcas Huawei y ZTE. En un reporte especial publicado ese año por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos titulado: Problemas planteados por las compañías de telecomunicación Huawei y ZTE, se identificó una “amenaza a la seguridad nacional por vulnerabilidades en la cadena de producción de telecomunicaciones”. En ese momento, se recomendó a la Casa Blanca “ver con sospecha la penetración continua del mercado de telecomunicaciones, por parte de las compañías de telecomunicaciones chinas” y que “las entidades del sector privado en los Estados Unidos consideren los riesgos de seguridad a largo plazo asociados con hacer negocios con ZTE o Huawei para equipos o servicios”.

De acuerdo con un reportaje de BBC Mundo, en agosto de 2018, el fabricante chino de telefonía inteligente aseguró por medio de un comunicado que el gobierno australiano prohibió sus proyectos de proporcionar tecnología 5G para las redes inalámbricas del país.

Pero China no se quedó con esa jugada del país oceánico, según un reportaje de Reuters, el primer ministro de Australia, Scott Morrison, intentó calmar los temores de un nuevo tensamiento de las relaciones con la potencia asiática, tras una prohibición de las importaciones de carbón en el puerto norteño de Dalián, el cual afectó notablemente a los exportadores del mineral y a la divisa australiana.

El libro blanco

En 2012 el Gobierno australiano publicó el libro blanco“Australia en el siglo de Asia”, que reflejó la centralidad de Asia y, específicamente, de China para Australia. Un año más tarde, se definió el Indo-Pacífico como área de interés estratégico directo, y se reiteró en 2017.

Lejos de ser sólo una delimitación geográfica, el Indo-Pacífico, lleva un gran significado al indicar que los mayores desafíos para la seguridad y política australiana dependen del ascenso de China y su rivalidad con EE. UU.

Asimismo, esta apuesta pone en evidencia un posible reajuste en la política exterior de Australia ante estos desafíos geopolíticos. Pues sitúa a la otra economía y potencia emergente, India, en el centro de la ecuación global y deja a China en una posición circundante.

El ojo del águila

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Después de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU y Australia se convirtieron en aliados elementales. Washington se consolidó, en ese momento, como un superpoder y, en plena Guerra Fría, concebió sus intereses en términos mundiales. Su objetivo era prevenir el rearme de Japón y contener el comunismo, para ello forjó alianzas con países de intereses similares en Asia-Pacífico.

Su cercana relación con Canberra se fijó en un tratado que ambos países y Nueva Zelanda ratificaron en el año 1952. Alianza conocida como ANZUS, por sus siglas en inglés. Estados Unidos ofrecía protección, inteligencia y entrenamiento militar.

En resumidas cuentas, si Australia se adhiere a EE. UU perdería mucho dinero, pero si le da la espalda, sería como traicionar a un hermano. Mientras tanto, el gigante oceánico sólo tiene tamaño, pero no poder para fijar una posición contundente y por eso se mantiene en ese eterno dilema shakesperiano:

“To be or not to be, that is the question”

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